domingo, 23 de agosto de 2026

(3) GENTE CORRIENTE, de Robert Redford (1980)

Sufrimiento universal
El globo terráqueo está conformado por personas cuya extensión está repleta de gente corriente. Gente sencilla, común y humilde que se las ve y se las desea para superar las adversidades que les presenta la vida. Podemos ejercer diferentes oficios, recibir una nómina, pagar las facturas, etc., y también hacer frente a los ineludibles problemas cotidianos. Cada cual con los suyos, pero dificultades e inconvenientes al fin y al cabo. 
En la película estamos delante de una familia adinerada y, presumiblemente, con todo a su favor para ser feliz. Sin embargo, un acontecimiento negativo —como es un accidente mortal de un ser querido— los iguala con otros tipos de familias de diferente clase social a la categoría de, tal como reza el título del film, gente corriente. 
A veces nos estrujamos demasiado el cerebro en que pasen cosas extraordinarias, no habituales, cuando lo realmente sorprendente son las idas y venidas, lo bueno y lo malo, las alegrías y las penurias que tenemos que experimentar en nuestro día a día.
Es necesario que el arte —en sus múltiples disciplinas— exprese el acontecer terrenal a través de una mirada objetiva y distante que refleje los sentimientos y las emociones de los seres humanos. En mi opinión, esta ópera prima de Robert Redford plasma esta idea y se acerca a una manera de hacer cine más introspectiva, asomándose al interior de los personajes y analizando sus pensamientos y sensaciones.
En el film afloran aspectos tan delicados y sensibles como el suicidio, la muerte prematura o el dolor paterno. Elementos que están ahí y que, aunque hacemos lo indecible por invisibilizarlos, son compañeros de viaje en nuestra travesía vital. No es lo mismo sentir el dolor que verlo desde fuera, no es lo mismo enterarse de un fallecimiento ajeno que experimentarlo en nuestras propias carnes y no es lo mismo escuchar la palabra suicidio con sus connotaciones asépticas que sentir sus efectos cuando un allegado se quita la vida.
¿Cómo puede una persona sintetizar o asumir desgracias como la muerte o el intento de suicidio de un hijo? ¿Cómo sobrellevar en el caso de Conrad la pérdida de su hermano? No habría suficiente tinta en el mundo para expresar y describir en palabras semejante cantidad de sufrimiento. Sin embargo, esta película logra mostrar todas esas disposiciones emocionales a través de un profundo estudio anímico de los personajes. 
Narrada con sencillez, pero con astucia, la historia revela los diferentes caracteres y comportamientos de los afectados en esa concatenación de circunstancias adversas. El eje de la obra es Conrad, un adolescente que tiene que pasar por la experiencia traumática de la muerte de su hermano en un accidente en alta mar en el que se encontraban los dos. Consumido por el sentimiento de culpa, intenta suicidarse. Con su madre —fría y con dificultades para expresar sus emociones— mantiene una relación distante y con su padre —comprensivo, que sufre en silencio sin dar salida a su desdicha— trata de reconectar. La compañera que conoce en el coro será su gran esperanza para reflotar del pozo en el que está sumido.
Por último, hay un personaje muy importante en el film que es la figura del psiquiatra. Su papel como espectador imparcial y objetivo tiene una influencia preponderante en la evolución del protagonista. Conrad necesita afecto correspondido y se funde en un abrazo amistoso con su psiquiatra, sellando así nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, nuestra fortaleza como seres humanos y como gente corriente.

ORDINARY PEOPLE. 1980. Estados Unidos. Color. 123 Min.
Dirección: Robert Redford
Intérpretes: Donald Sutherland, Mary Tyler Moore, Judd Hirsch, Timothy Hutton, M. Emmet Walsh, Elizabeth McGovern, Dinah Manoff, Fredric Lehne, Adam Baldwin, James Sikking, Basil Hoffman, Quinn K. Redeker
Guion: Alvin Sargent, Nancy Dowd. Novela: Judith Guest
Música: Varios
Fotografía: John Bailey

sábado, 22 de agosto de 2026

(4) ORDET (LA PALABRA), de Carl Theodor Dreyer (1955)

La duda como respuesta
Ordet es una película muy completa, en el sentido de que, en un periodo tan corto de tiempo —apenas dos horas de film—, están condensadas todas las reflexiones trascendentales del ser humano: ciencia frente a religión, escepticismo, fe ciega, confrontaciones entre religiones, la renuncia a la libertad humana, sustituida por una vida de sufrimiento en ofrenda a Dios y, especialmente, múltiples lecturas e interpretaciones que nos llevarían a un debate interminable.
La «locura» de Johannes nos hace dudar, y ese es uno de los elementos que más me interesan de la película. La duda acerca de quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. La cuestión perenne de que debe haber un porqué. Johannes introduce esa incertidumbre y hace que el espectador se cuestione constantemente aquello que está viendo y, en última instancia, aquello que cree saber.
Otro aspecto importante es la fe de las hijas de Inger. Confían en su tío y tienen una fe de acero en las posibilidades de Dios y en el «poder que le ha otorgado a su tío». Una fe absoluta que contrasta con las diferentes posiciones religiosas que se enfrentan a lo largo de la película.
Creo que, dentro de esta obra —desconozco las convicciones de Dreyer—, hay una crítica o una adulación, según las interpretaciones del espectador, acerca de las restricciones que nos impone una sociedad marcada por una religión rígida: vivir para Dios, morir para Dios, con una anhedonia imperante. Lo lúgubre de la puesta en escena remarca ese sentimiento y acentúa la sensación de una existencia sometida a unas creencias que condicionan la vida de los personajes.
Y luego están las interpretaciones. Me parecen magistrales. Los silencios, las miradas desviadas, el tono deprimido, cuasi inhibido, refuerzan mucho más los diálogos y los soliloquios. Esa contención hace que los gestos, las pausas y las miradas adquieran un peso extraordinario, hasta el punto de que aquello que no se dice puede resultar tan importante como aquello que se expresa.
Y al final, la fantasía (¿?), la resurrección, la vida, la confusión, el aturdimiento, la duda. Un desenlace que no hace más que replantearnos y hacernos reflexionar sobre la existencia. Y quizá sea precisamente esa incertidumbre final la que permite que todas las cuestiones planteadas durante la película permanezcan abiertas a la interpretación.
Un film imprescindible, magistral, que nadie debería dejar de ver.

ORDET. 1955. Dinamarca. Blanco y negro. 125 Min. 
Dirección: Carl Theodor Dreyer
Intérpretes: Henrik Malberg, Emil Hass Christensen, Cay Kristiansen, Preben Leerdorff-Rye, Birgitte Federspiel, Ejner Federspiel, Ann Elisabeth Rud, Henry Skjaer
Guion: Carl Theodor Dreyer. Obra: Kaj Munk
Música: Paul Schierbeck
Fotografía: Henning Bendtsen

viernes, 21 de agosto de 2026

(3) MI NOCHE CON MAUD, de Éric Rohmer (1969)

La razón frente al deseo
Tercero de sus seis cuentos morales, lo más notable de este film de Rohmer es que encierra, desde una planificación aparentemente sencilla, una gran cantidad de elementos que nos ayudan a reflexionar. Detrás de un interesante discurso filosófico-teológico-científico se esconde un deseo primitivo del ser humano por saciar sus necesidades emocionales y fisiológicas. Es en esas disquisiciones cuando desfilan conceptos como las matemáticas de Pascal, el Jansenismo, la fidelidad, los celos, la iglesia y el dolor ante un amor no correspondido. Dicho esto, impacta cómo a través de unas brillantes imágenes fílmicas se le da un peso muy importante a los diálogos. Las conversaciones, —canalizadas por el filtro de Jean-Louis—  tienen una profundidad que nos lleva a analizar y cuestionar aspectos relevantes que atañen a nuestra existencia.
La realización intenta recoger todo aquello que acontece en la mente de los protagonistas aunque sea aparentemente nimio. De ahí la importancia que se otorga a las escenas de los sermones (con una duración, además, relativamente larga) y el significado que tienen para los protagonistas (como se puede observar en sus expresiones y gestos faciales).
Jean-Louis, topa con una serie de cuestiones morales que afectan a su sistema de creencias. Es por ello que intenta dar coherencia a su principios, pensamientos y cogniciones a través de un discurso “filocatólico” (respetuoso y educado con respecto a las, como él dice, “otras religiones”; llámese ateísmo, agnosticismo y/o arreligiosidad) que intenta justificar tanto sus actos como su comportamiento. Desde que vio por primera vez a Françoise se hizo la (ir)racional promesa de contraer matrimonio con ella. Sin embargo, se tropieza (“voluntaria e inconscientemente”) con Maud y Françoise, dos polos opuestos cuyas personalidades son antitéticas. La noche con Maud supone un detonante y un punto de inflexión que lo sumerge en los comentados dilemas morales. Se siente muy bien con Maud y con su libérrima actitud, no obstante la sombra de Françoise, —más parecida a él— le acecha constantemente. Su mente juega a caballo entre las dos; de lo convencional a lo singular, de lo estable a lo veleidoso y de lo inocente a lo libidinoso.
Al final, estas dos historias paralelas tienen un desenlace sorprendente e inesperado; todo está conectado desde su noche con Maud.

MA NUIT CHEZ MAUD. 1969. Francia. Blanco y negro. 105 Min. 
Dirección: Éric Rohmer
Intérpretes: Jean-Louis Trintignant, Françoise Fabian, Marie-Christine Barrault, Antoine Vitez, Léonide Kogan, Guy Léger, Anne Dubot
Guion: Éric Rohmer
Música: Wolfgang Amadeus Mozart
Fotografía: Néstor Almendros

jueves, 20 de agosto de 2026

(3) LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO, de Tony Richardson (1962)

La insubordinación ante la injusticia
La vida de Colin Smith no ha sido un camino de rosas; siempre en el sitio más bajo de las capas sociales, nunca ha podido decidir por sí mismo al verse obligado a cumplir los deseos de los demás. A pesar de no sentirse orgulloso de que su padre no fuera capaz de secundar la huelga de sus compañeros a cambio de un aumento de sueldo, sabía que, de alguna forma, solía imitar esa conducta servil. La muerte de éste le supone atravesar una experiencia traumática en su adolescencia. 
A todo esto hay que añadir su pertenencia a una familia desestructurada con una relación fría y fracturada por parte de sus progenitores. En el transcurso de su adolescencia, fruto de un hurto en una panadería, acabará en un reformatorio y allí dentro experimentará una analogía con lo que ocurría en la sociedad, esto es: el dominio de los poderosos sobre los vulnerables. 
En el interior del joven existe un sentimiento de rebeldía y de rabia, como si se preguntara el porqué de esas diferencias de clase. Una vez trasladado al correccional, es cuando se da cuenta de cómo se reproducen los mismos mecanismos que en la sociedad: en la cúspide, el director del centro; por debajo, sus adláteres (trabajadores de la institución) y, en el fondo, los internos que deben acatar las órdenes de los de arriba. 
Al mostrar sus cualidades como corredor de fondo, se convertirá en el “niño bonito” del director, cosa que le hará sentirse mal por mimetizar los patrones que él tanto detestaba. Pero llega un momento en que su inconformismo explota y su decisión final logrará desatar su venganza, que le hará sentirse liberado.
El film utiliza la metáfora constante de la soledad del corredor, que es la misma que sufre el obrero oprimido, el ciudadano abandonado por el Estado o los seres humanos ante las desigualdades sociales. Tony Richardson lo retrata —a base de flashbacks— de una manera impecable, con un peculiar lenguaje fílmico propio del free cinema y con una sensacional última escena en la carrera de competición cuando aparecen, mientras corre, momentos importantes de su existencia previa.

THE LONELINESS OF THE LONG DISTANCE RUNNER. 1962. Estados Unidos. Blanco y negro. 99 Min. 
Dirección: Tony Richardson
Intérpretes: Tom Courtenay, Michael Redgrave, Avis Bunnage, Alec McCowen, James Bolam, James Fox
Guion: Alan Sillitoe
Música: John Addison
Fotografía: Walter Lassally

miércoles, 19 de agosto de 2026

(2) PROYECTO LÁZARO, de Mateo Gil (2016)

Jugando a ser dioses
Los avances tecnológicos en el campo de la medicina son un hecho evidente. Aunque actualmente es bastante controvertido poner sobre el tapete los alcances de las técnicas de conservación artificial, sabemos, sin embargo, que es un concepto latente. En consecuencia, nuestro futuro como seres humanos está a la expectativa de una correcta aplicación de las ciencias de la vida en los años venideros.
Desde este punto de vista, Proyecto Lázaro me parece un film valiente porque sitúa el estudio de la bioética como algo inherente y crucial para el desarrollo humano. Además, en sus imágenes, la obra nos alerta de los peligros que conlleva el control por parte de la especie humana del curso natural de la naturaleza. A través de la voz en off del protagonista, la cinta nos propone reflexiones, entre poéticas y filosóficas, acerca del sentido de la vida (las pequeñas cosas, el vivir, el morir…).
La metáfora de vivir una vida que no se quiere vivir (seres esclavizados), junto con la subrepticia denuncia al control que ejerce sobre nosotros el poder invisible (en forma de inversores y multinacionales), completan un film con aspectos más que interesantes.

PROYECTO LÁZARO. 2016. Espanya. Color. 102 Min.
Direcció: Mateo Gil
IntèrpretsTom Hughes, Oona Chaplin, Barry Ward, Charlotte Le Bon, Julio Perillán, Rafael Cebrián, Bruno Sevilla, Daniel Horvath, Alex Hafner, Godeliv Van den Brandt
Música: Lucas Vidal
Fotografia: Pau Esteve Birba

martes, 18 de agosto de 2026

(3) KALAK, d'Isabella Eklöf (2023)

Marcado por el pasado
La palabra groenlandesa Kalak tiene una doble acepción: según el contexto y la situación, puede significar tanto “persona noble” como “imbécil”. A Jan le da igual. Huye de un pasado escabroso: cuando era adolescente, sufrió abusos por parte de su padre. Por eso se marchó a Groenlandia con su mujer y sus dos hijos, y no quiere volver a Dinamarca.
Una vez instalado, trabaja como enfermero, pero se refugia en una vida perturbadora. A causa del trauma que arrastra, adopta un comportamiento extraño. Intenta acercarse a la cultura del país que lo acoge, y lo hace de forma acertada cuando trata de aprender la lengua de los nativos. Sin embargo, no deja de coquetear con otras mujeres e incluso mantiene relaciones con algunas de ellas. Lo más inquietante es que su pareja consiente esas relaciones y la amante, además, es recibida con naturalidad en la casa familiar, con los hijos presentes (hay que remarcar que la película no explica esta conducta sumisa por parte de la pareja).
Los días pasan y, bajo la fachada de una aparente normalidad, la disfunción familiar se hace cada vez más evidente. Jan vive con un elefante en la habitación de su alma, pero se resiste a mirarlo de frente.
Kalak es una película honesta que retrata sutilmente los miedos que arrastramos del pasado. También es una obra valiente, ya que denuncia con firmeza la pederastia y el abuso infantil. Su cámara habla de nuestras complejidades y contradicciones sin necesidad de grandes discursos. Y como telón de fondo, Groenlandia: ¿qué mejor que su cultura y sus paisajes para metaforizar el etnocentrismo y hacernos tomar conciencia de la diversidad cultural y de las diferencias, tanto sociales como individuales?

KALAK. 2023. Noruega. Color. 125 Min.
Dirección: Isabella Eklöf, Kim Leine, Sissel Dalsgaard Thomsen
IntérpretesEmil Johnsen, Asta Kamma August, Soren Hellerup, Connie Kristoffersen, Anders Mossling, Hans Jukku Noahsen, Berda Larsen, Bertram Krassel, Emilie Steen, Ole Silassen, Vittus Ingemann, Vigga Tukula
Guion: Isabella Eklöf, Kim Leine, Sissel Dalsgaard Thomsen
Fotografía: Nadim Carlsen

lunes, 17 de agosto de 2026

(2) EL BAR, de Álex de la Iglesia (2017)

Tensión por sobrevivir
Álex de la Iglesia hace otra incursión más en una historia apocalíptica y en su manera peculiar de arrastrar al ser humano a situaciones límite. Quiero resaltar que esta primera frase del artículo no está escrita en sentido negativo, más bien al contrario; hace hincapié en el hecho de que el director maneja como nadie este tipo de narraciones, ya que sabe extraer un jugo, muy ácido por cierto, a los episodios que propone.
En la película que nos ocupa, un grupo de gente queda atrapado (guiños cinéfilos a La cabina de Mercero o a El ángel exterminador de Buñuel) en un bar a consecuencia de un disparo que recibe en la cabeza un cliente que acababa de salir. A partir de ahí surge lo más interesante del film; dentro de esa atmósfera tan tensa, diferentes personalidades empiezan a experimentar una suerte de darwinismo social, un match psicológico con el objetivo de sobrevivir
Luego ya vienen una serie de giros, sorpresas y artificios que, unidos a algunos excesos, hacen que el film se vaya desinflando un poco. No obstante, es justo valorar el sello distintivo del universo Iglesia que, aunque pueda tener altibajos, posee una filmografía digna de ver.

EL BAR. 2017. España. Color. 102 Min.
Dirección: Álex de la Iglesia
Intérpretes: Mario Casas, Blanca Suárez, Carmen Machi, Terele Pávez, Jaime Ordóñez, Secun de la Rosa, Alejandro Awada, Joaquín Climent, Mamen García, Jordi Aguilar, Diego Braguinsky, Sue Flack
Guion: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría
Música: Carlos Riera y Joan Valent
Fotografía: Ángel Amoros