jueves, 9 de abril de 2026

(3) LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA (1946), de William Wyler

De vuelta a casa en la posguerra
Los mejores años de nuestra vida tiene la apariencia de película simple. Por su estructura formal da la sensación de ser una historia que busca la lágrima fácil, esto es: puro entretenimiento superficial para pasar el rato, sin más pretensiones. Sin embargo, escarbando en su trama encontramos una profundidad por la que se analizan traumas, pasiones y emociones humanas. Y es que esta película de William Wyler es una obra perfecta de artesanía que conjuga sagazmente comedia, drama y cine social.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, una vez de vuelta a casa, el trauma bélico —con la constante metáfora de los garfios que simbolizan la monstruosidad de las contiendas bélicas— aparece en el trío protagonista. Los tres sienten que no encajan en la sociedad con la que se encuentran; todo está en el mismo sitio, pero al mismo tiempo, todo ha cambiado. Asimismo, la heroicidad que en un principio emanaban se torna en marginalidad, por lo que han de intentar buscar trabajo o, al menos, mantener el que tenían. Homer queda discapacitado y el miedo se apodera de él (necesitará ayuda para vestirse y no sabe si su novia lo aceptará o supondrá una carga para ella) y Fred se topa de nuevo con sus problemas matrimoniales, surgiendo el divertido (y complicado) enamoramiento con Peggy, la hija de Al. 
Lo que subyace en el argumento es una denuncia hacia el papel que juega el país con los veteranos de guerra (la frase del encargado de la tienda de perfumes es demoledora: “Nadie puede estar seguro en su trabajo con todos esos veteranos que vuelven”). O sea, existe una confrontación no resuelta que el film muestra remarcando esa falta de sensibilidad de la nación para con aquellos que regresan del conflicto.
Continuando con esta manifestación crítica, la cinta realiza una pequeña revolución dejando en evidencia la falta de escrúpulos de las entidades bancarias (algo que se puede extrapolar a la actualidad) a la hora de conceder préstamos de manera concertada con el gobierno.  Al, habla de valores (generosidad, bondad, buen corazón…) que están reñidos con esa economía alejada del bien común que se practica. Ahí es cuando asoma una interesante contraposición entre humanidad y negocio —en el sentido peyorativo del mismo— donde Al se convierte en el abanderado de la ética contra la ferocidad salvaje del capitalismo. 
No puede faltar el personaje pro nazi (escena de la heladería) que representa el fascismo permanente y arraigado que desgraciadamente llega hasta nuestros días. Todo ello está puesto sobre el tapete de manera entremezclada, cosa que le da más valor a la grandeza de la dirección pues, en un metraje que casi llega a las tres horas, conjuga una gran cantidad de variables (guerra, traumas, familia, amistad, amor, adulterio, matrimonio…).
Como anécdota, comentar que Harold Russell se interpretó a sí mismo, ya que fue un verdadero mutilado de guerra. Además, la película fue vigilada en la llamada “caza de brujas” del senador Joseph McCarthy por considerarla de contenido subversivo, al hablar de la adaptación a la paz y lo complicado que puede resultar.

THE BEST YEARS OF OUR LIVES . 1946. Estados Unidos. Blanco y Negro. 170 Min.
Dirección: William Wyler
Intérpretes: Myrna Loy, Fredric March, Dana Andrews, Teresa Wright, Virginia Mayo, Cathy O'Donnell, Hoagy Carmichael, Harold Russell, Gladys George, Ray Collins, Roman Bohnen, Minna Gombell, Walter Baldwin, Dorothy Adams, Steve Cochran
Guion: Robert E. Sherwood. Novel·la: MacKinlay Kantor
Música: Hugo Friedhofer
Fotografía: Gregg Toland

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