La pena capital: termómetro de salud mental
La mirada clavada de Sean Penn en los ojos de Susan Sarandon en los segundos previos a su ejecución, sus palabras de amor hacia ella y, por extensión, al mundo que está a punto de abandonar, es el último golpe —el más duro— durante el visionado de este film, a nuestra conciencia. Y es que el valor más destacable de esta obra es su constante martilleo en la mente del espectador y su —necesaria— incomodidad, en la que es difícil posicionarnos a favor de unos o de otros. Así, podemos sentir una mezcla de compasión y repulsión por Matthew Poncelet, ver a los padres como intolerantes, pero, al mismo tiempo, comprenderles perfectamente o experimentar sentimientos de afectividad y de rechazo hacia Helen Prejean ante su descontrolada benignidad. El resultado es un constante maremágnum de contradicciones ante las acciones de cada uno de los implicados en la historia.Tim Robbins realiza un trabajo valiente, sin esconder absolutamente nada y exponiendo abiertamente una realidad cruda y desnuda: la del asesinato despiadado, la de la interrupción definitiva —homicida y abrupta— del futuro de dos jóvenes de dieciocho años, la del sufrimiento eterno de los padres, la de la muerte de un hijo, la de la disyuntiva por considerar a un criminal como a un ser humano… Muchas cosas por entender, muchas cosas por analizar: el perdón, la redención, la culpa, la paz interior…, conceptos que se interponen y se molestan entre sí para llegar a una reflexión que únicamente se puede resolver a través de nuestros conflictos internos.
Por otra parte, existe en la película una manifestación externa y objetiva como es la pena de muerte, y he aquí el dilema: ¿tiene un Estado derecho a quitar la vida a sus habitantes independientemente de los crímenes o delitos que hayan cometido?
El film, aparte de reflexionar sobre cada uno de los aspectos y efectos colaterales que desfilan alrededor de este castigo, muestra un contundente alegato contra la pena capital. La cinta tiene un fantástico pulso narrativo, utiliza flashbacks que actúan como canalizadores de la culpa (Poncelet, reconstruyendo los hechos, y Prejean, matando al animal en su infancia) y cuenta con las estupendas interpretaciones de Sean Penn como acusado y de Susan Sarandon como monja, alejada de la religiosidad oficial y cercana a la teología de la liberación. Nos enseña a comprender, a perdonar y a apagar nuestro odio y nuestra ira; en definitiva, a amar. Hay que verla. Muy emotiva.
DEAD MAN WALKING. 1995. Estados Unidos. Color. 120 Min.
Dirección: Tim Robbins
Intérpretes: Sean Penn, Susan Sarandon, Robert Prosky, Raymond J. Barry, R. Lee Ermey, Celia Weston, Peter Sarsgaard, Jack Black, Lois Smith, Scott Wilson, Roberta Maxwell, Margo Martindale, Kevin Cooney, Clancy Brown, Barton Heyman, Michael Cullen, Missy Yager, Nesbitt Blaisdell
Intérpretes: Sean Penn, Susan Sarandon, Robert Prosky, Raymond J. Barry, R. Lee Ermey, Celia Weston, Peter Sarsgaard, Jack Black, Lois Smith, Scott Wilson, Roberta Maxwell, Margo Martindale, Kevin Cooney, Clancy Brown, Barton Heyman, Michael Cullen, Missy Yager, Nesbitt Blaisdell
Guion: Tim Robbins. Libro: Helen Prejean
Música: David Robbins
Fotografía: Roger Deakins

No hay comentarios:
Publicar un comentario