Sufrimiento universal
El globo terráqueo está conformado por personas cuya extensión está repleta de gente corriente. Gente sencilla, común y humilde que se las ve y se las desea para superar las adversidades que les presenta la vida. Podemos ejercer diferentes oficios, recibir una nómina, pagar las facturas, etc., y también hacer frente a los ineludibles problemas cotidianos. Cada cual con los suyos, pero dificultades e inconvenientes al fin y al cabo. En la película estamos delante de una familia adinerada y, presumiblemente, con todo a su favor para ser feliz. Sin embargo, un acontecimiento negativo —como es un accidente mortal de un ser querido— los iguala con otros tipos de familias de diferente clase social a la categoría de, tal como reza el título del film, gente corriente.
A veces nos estrujamos demasiado el cerebro en que pasen cosas extraordinarias, no habituales, cuando lo realmente sorprendente son las idas y venidas, lo bueno y lo malo, las alegrías y las penurias que tenemos que experimentar en nuestro día a día.
Es necesario que el arte —en sus múltiples disciplinas— exprese el acontecer terrenal a través de una mirada objetiva y distante que refleje los sentimientos y las emociones de los seres humanos. En mi opinión, esta ópera prima de Robert Redford plasma esta idea y se acerca a una manera de hacer cine más introspectiva, asomándose al interior de los personajes y analizando sus pensamientos y sensaciones.
En el film afloran aspectos tan delicados y sensibles como el suicidio, la muerte prematura o el dolor paterno. Elementos que están ahí y que, aunque hacemos lo indecible por invisibilizarlos, son compañeros de viaje en nuestra travesía vital. No es lo mismo sentir el dolor que verlo desde fuera, no es lo mismo enterarse de un fallecimiento ajeno que experimentarlo en nuestras propias carnes y no es lo mismo escuchar la palabra suicidio con sus connotaciones asépticas que sentir sus efectos cuando un allegado se quita la vida.
¿Cómo puede una persona sintetizar o asumir desgracias como la muerte o el intento de suicidio de un hijo? ¿Cómo sobrellevar en el caso de Conrad la pérdida de su hermano? No habría suficiente tinta en el mundo para expresar y describir en palabras semejante cantidad de sufrimiento. Sin embargo, esta película logra mostrar todas esas disposiciones emocionales a través de un profundo estudio anímico de los personajes.
Narrada con sencillez, pero con astucia, la historia revela los diferentes caracteres y comportamientos de los afectados en esa concatenación de circunstancias adversas. El eje de la obra es Conrad, un adolescente que tiene que pasar por la experiencia traumática de la muerte de su hermano en un accidente en alta mar en el que se encontraban los dos. Consumido por el sentimiento de culpa, intenta suicidarse. Con su madre —fría y con dificultades para expresar sus emociones— mantiene una relación distante y con su padre —comprensivo, que sufre en silencio sin dar salida a su desdicha— trata de reconectar. La compañera que conoce en el coro será su gran esperanza para reflotar del pozo en el que está sumido.
Por último, hay un personaje muy importante en el film que es la figura del psiquiatra. Su papel como espectador imparcial y objetivo tiene una influencia preponderante en la evolución del protagonista. Conrad necesita afecto correspondido y se funde en un abrazo amistoso con su psiquiatra, sellando así nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, nuestra fortaleza como seres humanos y como gente corriente.
ORDINARY PEOPLE. 1980. Estados Unidos. Color. 123 Min.
Dirección: Robert Redford
Intérpretes: Donald Sutherland, Mary Tyler Moore, Judd Hirsch, Timothy Hutton, M. Emmet Walsh, Elizabeth McGovern, Dinah Manoff, Fredric Lehne, Adam Baldwin, James Sikking, Basil Hoffman, Quinn K. Redeker
Intérpretes: Donald Sutherland, Mary Tyler Moore, Judd Hirsch, Timothy Hutton, M. Emmet Walsh, Elizabeth McGovern, Dinah Manoff, Fredric Lehne, Adam Baldwin, James Sikking, Basil Hoffman, Quinn K. Redeker
Guion: Alvin Sargent, Nancy Dowd. Novela: Judith Guest
Música: Varios
Fotografía: John Bailey

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